sábado, 16 de enero de 2010

RAFAEL MÉRIDA CRUZ-LASCANO

Elegía Épica
VIDA… DESPUÉS DE LA MUERTE
Poema homérico

I “Muerte”

Un día tranquilo y tras la tarea buena,
camino solitario y satisfecho,
voy camino al hogar pues honor he hecho
a mi himno... fuera de mística pena.

Atenea la diosa del trabajo había guiado mis manos laboriosas durante todo el día. Mi frente derramando gotas de sudor demostraban lo encomioso de la labor y la ropa húmeda lo confirmaba.
Dentro de las cosas desagradables que las labores de administración una compañía constructora obliga, está el de tener que despedir al trabajador incompetente o desobligado. Y ese día no había sido diferente a otros y con dolor de mi corazón tuve que despedir a un obrero que abusando de la amistad que le brindé, le servía para no cumplir con sus obligaciones.
Así que le dije, óyeme Julio no solamente con mucha frecuencia vienes tarde sino que no quieres cumplir con el trabajo que se te encomienda buscando siempre lo más sencillo y desobedeciendo las ordenes de tu jefe de grupo, y como no quiero que seas el ejemplo para la indisciplina, te ruego pases a mi oficina que te daré tu liquidación.
El no desobedeció, fue a la oficina, recogió su poquito dinero y se fue no sin antes dejar muchas maldiciones por la injusticia de no permitírsele llegar tarde y de hacer solamente los trabajos sencillos.
Me retiro a recrearme en la frescura de la ducha y luego de dejar la ropa sudorosa dispóngame a vestir las limpias y frescas prendas con la cuales regresará al hogar en donde mi dulce y sufrida esposa siempre me espera. Como un águila que en el nido cuida a sus poyuelos y con todo el nido cuidadosamente mullido espera que el macho llegue.
Pero antes paso a reunirme con unos compañeros de letras que ansiosos de conocer a las musas del parnaso y es allí que vemos cómo es que nuestro firmamento se ilumina al ver que del cielo baja una nube densa y al ir tomando tierra se va formando la silueta de una mujer de singular belleza, como nunca un humano ha visto. ¿Y como no?, si es la mismísima Minerva, la diosa de la literatura que llega hasta nosotros y viendo nuestra inquietud nos dice.
Jóvenes arcanos, me llena de gusto el que se reúnan para honrar mi nombre y no puedo dejar que mi hermana la Modestia no dé a ustedes el regalo, que los dioses tienen para quienes honran mi nombre, así es pues que en nombre del Eterno creador y Señor, entrego a cada uno de ustedes este signo al que en Parnaso le llamamos Inspiración.
Y habiendo dicho esto de igual manera que llegó de la misma forma se retiró pero a cada uno nos dejó el más grande regalo que a cualquier humano se le hubiera dado.
Estuvimos en el ágora (reunión) alrededor de una hora y media en la cual cada uno de los participantes expuso a la crítica hacia alguna de sus composiciones…

OH PATRIA CAMPESINA

¿En dónde están mis aldeas
en dónde está mi gente,
dónde soldado valiente
p’defender las estrellas?

Abandonó su terruño
su querencia y su todo
sus lágrimas hacen lodo,
odia la sangre en su puño.

Ya se fue a la montaña
arrastrando a su mujer,
no tiene donde escoger
o le cae la guadaña.

¡Grave su encrucijada!
Su mujer es primero:
Si no es por guerrillero
es por soldado, violada.

No tiene suerte mejor
y nadie que lo guarde,
¡Si huye es un gran cobarde!
"Y si ayuda es un gran traidor"

y ya los naranjos de la tarde se marchitaban y cada uno de los participantes despidiéndonos con efusivos apretones de manos fue tomando cada uno su destino.
Pero como siempre, hay alguien a quien se toma como un compañero más afín, Juan, el mayor del grupo, un hombre de edad que dominaba el dialecto Dariano, el que criticaba con más ahínco, el que se rescribiera sin exponer la poesía culterana, pues para mi buen amigo Juan el escribir sin preceptiva era el pecado más grave que se pudiera cometer. Así es pues que por lo general, después de asistir a la reunión nos dirigíamos a una cafetería en donde al calor de unas cuantas copas nos regalábamos el placer del diálogo poético. Algunas veces ese placer se llevaba más tiempo del esperado pues al hablar de cosas agradables al oído el tiempo se hace corto y mas, si el servicio que las bellas jovencitas se personaliza y al cliente se le brinda la atención y amistad más allá de la solo atención al cliente.
Este día en particular había sido diferente, pues dos de mis poemas fueron no solamente ovacionados sino que discutidos por haber tocado temas delicados. Se ha generalizado en nuestra sociedad que cuando se critica a algún político o a una actitud de los gobernantes, el ciudadano firma automáticamente su pasaje al más profundo estigio, un boleto misterioso, que no tienen cara y mucho menos fecha de retorno.
Por lo mismo ese día el “festejos fue doble” primero recreamos uno momentos en un bar en donde la administradora (siendo la mujer de un policía) a todas luces y en forma abiertamente directa quería entablar de alguna manera, relación con el poeta ese día galardonado. Así como un ave real, extiende su plumaje y esparce eróticos graznidos alrededor del macho, contoneándose para ser vista, hasta acercarse al aparejamiento amoroso.
Para luego irnos al lugar de siempre. Ya entrada la noche cada unos de “los ALEROS” tomó su camino al hogar con la satisfacción de haber llevado a cabo una labor con dignidad, de haber descollado en el helénico gusto con los poetas, neófitos algunos y otros con su literatura ya bien calificada, el haber dado gusto a los placeres del mundo y emprender el retiro al hogar.-

Entrada la noche y de la sombra,
un rayo de luz, veo, y con el batallo,
a su trueno duermo en mortal desmayo
y al rodar -la banqueta- fue mi alfombra.

Átropos guiaba mi regreso a casa, yo me sentía envuelto en una nube de falso orgullo que ponía un velo a mis ojos y no podía medir la impudencia de estar fuera del hogar en altas horas de la noche, en una ciudad en donde no hay seguridad.
Llegaba a mi destino en los brazos de Euterpe, la diosa de la música y que traicioneramente se fue quedando detrás de mí hasta que en un sobresalto veo un estrenuo rayo de luz-
Tan estruendoso como cuando las olas del rencoroso ponto impelidos por el céfiro, braman con doloroso grito al romperse en la rocosa playa. A la vez que todo mi cuerpo se estremecía en los brazos de la Parca, y por más que quise sobreponerme fui perdiendo fuerza. Así como un águila en las alturas, ve a un insignificante ratón en la pradera y se dirige a él en un vuelo hacia abajo directo, definido, y vertiginoso.
Así me hundí en un calígine suspiro y una nube fue cubriendo de oscuridad mis sentidos hasta que. De la misma manera que un sauce baja su ramas por el peso de sus hojas, con suavidad, benevolente, dejándose acurrucar al arrullo del viento.
Mi cuerpo apoyado a una pared de espaldas, se fue deslizando lentamente, como una hoja de papel que caprichosamente se desliza en donde no hay viento, hasta llegar a quedar sentado en la banqueta en donde Cloto (la hilandera de la vida) me hizo ver que mi destino había llegado a su hora y extendiéndome su mano derecha en la que sostenía el principio de una borla y en la izquierda la madeja de la vida me dijo: Toma mi mano y recorre todo tu destino. Diciendo esto. Tal como cuando estamos viendo una película vi mi pasado sin perder una sola etapa por insignificante que hubiese sido, lo mismo vi mi presente y cuando ya me disponía a ver el futuro, dejándome probar la amargura de la muerte, se apagó mi tea.
Me sumerjo en desgarrador instante oyendo liras entre efluvio brisa como una transparencia veo delante.

Y en viendo esto Láquesis (la distribuidora de la suerte) no me habló, sino que hizo llegar hasta el olimpo sus ruegos más ardientes y le pide a Palas Minerva que no me dejes a la deriva pues ya antes me tenía entre sus hijos adoptivos. Minerva asintió y colocando una nube que envolvió sobre mi cuerpo lo tomó y trasladó hasta las mismas puertas de mi hogar.
La Esposa dulce, la que no descansa con tranquilidad si no está toda la familia reunida. Como una gallina que bajo sus alas protege a todos sus pollitos y cacarea constantemente sin alguno no llega.
La esposa que vela el regreso de su amado para ir a su encuentro. Oye un ruido solamente perceptible por un sexto sentido, sale, ve al esposo en la banqueta, toma el cuerpo ya inerte y lo deposita en la mesa de centro de su sala . Se pone a orar y eleva sus más sinceros ruegos al Todopoderoso.

Se fue borrando, apagando mi risa,
ya sin plegarias, me abrazó la muerte,
aspiró profundo... y se fue indecisa.

II “Vida”

¡Un disparo en el corazón! - ya es mío-
dice la muerte... y vio que le cubrían
velaron, sollozaron, no dormían.
pero no dejaron el cuerpo frío.

Cloto y Láquesis entablaban fiera discusión, la primera esgrimía el criterio de que los dioses ya tenían mi nombre en el libro del destino y estaba escrito con sangre indeleble.
La segunda con firmeza sostuvo que respetando el designio del ser superior, aceptaría su última resolución pero eso no le quitaba el derecho que como diosa tenía de procurar enderezar ese malogrado destino. Antes de yo ver mi propia diapositiva, vi como un arma apuntaba hacia mi pecho, todo fue tan rápido que el ver el fogonazo no pude ni siquiera moverme, un plomo penetro en dirección exacta hacia el corazón. Como cuando del árbol, se desprende, por el ábrego, una hoja ya seca y por su poco peso cae lentamente hasta reposar en el polvoriento suelo. Pero con el permiso que el creador da a los humanos aun pude expresar ¡Dios mío, perdóname!.
Así dije. Fui oído y el Supremo envío a su hijo predilecto de entre todos los santos que hay en el cielo “San Francisco de Asís” quién atendió presuroso las ordenes del creador y señor de todas las cosas dirigió su vista hacia el plomo y muy estoico dio un soplo para cambiar el rumbo del disparo.
El proyectil primero quemó la ropa, luego rompiendo la piel como que si se tratara de un cuchillo que se incrusta en el agua, rompió la octava costilla, dio un beso al corazón y perforó el pleura que se fue inundando de sangre hasta ahogar la existencia.
Lo demás ya está dicho.

Los cuatro cirios no encendieron su luz
cuando el rígido cuerpo recibieron;
¡Ya falleció! dicen quienes le vieron,
que con ojos fijos, miraba la cruz.

Fueron diecisiete días los que un cuerpo inerte estuvo en capilla ardiente, el Hades me esperaba inquieto y ya reclamaba el alma que allí debería purgar su paso por el mundo terreno.
Las personas que le querían y debido a los muchos días de gravedad ya solamente esperaban que les fuera entregado el cadáver.
Fueron las oraciones de la esposa las que doblegaron la furia de Cloto y ésta cuchicheando sabias palabras se retiró al olímpico.
Apenas y después de toda una vida mis ojos parpadeaban nuevamente. Como cuando en los azafranados reflejos matutinos van rompiendo la parte íntima de Apolo.
Y al costado de mi inerte cuerpo estaba sentada y con una sonrisa Átropos (la inexorable) guardando en su bellísima túnica toda de plata y bordada con mil borlas de oro, las tijeras de la vida, ya que obedeciendo las órdenes de Júpiter anunciaba que se había decidido mi nuevo destino.

Diecisiete días en capilla ardiente
¡Vi de nuevo! la risa de los míos,
¿Si creo en los milagros?, no pregunte.

Euterpe dejaba escapar lo mejor de los sonidos celestiales pues como deidad se permitía amenizar a todo el firmamento. Con el beneplácito de Neptuno, las cincuenta nereidas hijas de Nereo emergieron del mar, los lagos y los ríos; y de las arboledas, fuentes, bosques, praderas, todos los espíritus de la naturaleza, las más garridas ninfas. Ya en mi retorno, de la lúgubre muerte, a la vida, me vuelo a Dios, padre de todos los dioses, Señor de todos los señores y derramando abundantes y sinceras lágrimas, el devolverme el espíritu, alma y cuerpo convirtiendo la blanquecina palidez de mi rostro retornando a mi color Maya-Cakchiquel, para que en compañía de Plutón el dios de las fuentes himnodar al creador en agradecimiento de la nueva vida de este humilde mortal.

Con la calma imprecisa de los ríos,
ligera, leve, voluble, se siente
la vida, retornar de mis desvíos.

Lexico

Estigio: Profundidades infernales.
Aleros: Compañeros de copas.
Ágora: Reunión
Atenea: Diosa del trabajo y de las artes
Átropos: La muerte
Parca: Muerte
Calígine: Oscuro
Tea: Antorcha
Hades: Purgatorio
Apolo: Dios del sol
Neptuno: Dios del mar.
Átropos: La inexorable
Euterpe: La diosa de la música
Nereidas: Ninfas del mar, lagos y ríos.
Ninfas: Divinidades menores de las arboledas, fuentes, bosques, prados,
Garridas: Galanas, Bellas, Preciosas.
Plutón: Dios del mar y de las fuentes.
Ábrego: Viento sudoeste.

Rafael Mérida Cruz-Lascano (Guatemala)

2 comentarios:

  1. CAMPOS DE HAMBRE

    Mujer de faldón parduzco,
    señora de escardó largo,
    esposa de sudor negro,
    madre de cortijo blanco.
    Compañera y campesina,
    de segadores del campo,
    tiene que tener, teniendo,
    los granos de trigo blanco.
    Siega que siega el hocino,
    suda que suda la mano,
    que corta espigas de oro,
    sin reposo, ni descanso.
    Mujer de faldón oscuro,
    dama de miseria y barro,
    cansada por las angustias,
    de tocino y de gazpacho.
    ¡Pon un puñado de migas,
    en mi fiambrera de barro!...
    ¡Que me marcho a trabajar,
    con el hocino en el campo!...
    ¡Hay hambres de merendar,
    en vientres desamparados!
    ¡Con postraciones accedes,
    a engrandecer un salario!
    ¡Entre las espigas de oro,
    siega que siega, segando!
    ¡Que los haces que recoges,
    son futuros panes blancos!
    No comes lo que tú tocas,
    careces del trigo blanco,
    para hacer la harina pura
    y traspasarte un bocado.
    Siega que siega, el hocino,
    suda que sudan las manos,
    la resplandeciente espiga,
    no mira el sudor extraño.
    El pañuelo negro y sucio,
    que limpia sudores malos,
    no lo enjuagan las espigas,
    la hacienda lo está secando.
    Una indigencia tan triste,
    se viste de luto blanco,
    con la faja comprimida,
    en cinturones sin caldo.
    Siega que siega, el hocino,
    suda que suda tu mano,
    está la España muy triste,
    de riegos de sudor blanco.
    Cuando señores de abusos,
    haciendas van engordando,
    ejidos de aplazamiento
    y espigas de oro empapado.
    España triste nos dejas,
    sin esperanza en el campo.
    siendo despensa de Europa,
    sembrada de terrón pardo.
    Cuando se reavive el hambre,
    Serán los tiempos de ararlo.
    Quiero mi trozo de España,
    para sembrar trigo blanco,
    que la indigencia no quiere,
    tener sin sembrar los campos.

    Autor:
    Críspulo Cortés Cortés
    El Hombre de la Rosa

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  2. ENTRE LOS JUNCOS

    Porque los gitanos tienen,
    el color de hierbabuena,
    con las caras arrugadas,
    curtidas por las hogueras.
    Eso se pregunta el Payó
    y el Gitano le contesta.
    El color que tú preguntas,
    es un color de veredas,
    de caminos, recovecos,
    de senderos, de tristezas.
    Es el color que nos pinta,
    la madre naturaleza.
    Un color de libertades,
    un sentir de los sin tierra.
    Estamos siempre buscando,
    la patria que nunca llega.
    No entendemos de premuras,
    de tensiones, ni de guerras.
    De día por los caminos,
    de noche con las hogueras
    Errantes junto al destino,
    que gira con la carreta.
    Unidos los corazones,
    con nuestra sangre morena.
    Apiñados fuertemente,
    el macho junto a la hembra.
    Entre nuestros churumbeles,
    envueltos en la miseria.
    Nuestra patria es el mundo,
    la casa nuestra la Tierra.
    Qué más podemos pedir,
    que tener esa exigencia.
    Los payos no conocéis,
    el sentido de esta ciencia.
    Poniendo puertas al campo,
    recolectáis más miserias.
    Enfrentamiento de pueblos,
    defensas de las banderas
    Por odios acumulados,
    con la sangre a torrenteras.
    Nosotros en vez de odiar,
    cantamos a las estrellas.
    En claras noches de luna,
    nuestra garganta se alegra.
    Con las llamas que palpitan,
    entre fandangos que suenan.
    Seguidilla, soleares,
    los tangos, las peteneras.
    Que más queremos nosotros,
    cuando el hambre nos aprieta.
    La tierra que nos escucha,
    se estremece de contenta.
    Entre la noche y las llamas,
    en alumbres de candelas.
    Se refleja roja el hambre,
    de los gitanos que velan.
    Saciados de sus cantares,
    repletos de bocas secas.
    Se adormecen los sentidos,
    con rancho de lo que sea.
    Envueltos entre las mantas,
    se adormecen las cegueras
    Y la luna entre los juncos,
    pinta la tierra de seda.

    Autor:
    Críspulo Cortés Cortés
    El Hombre de la Rosa

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